Parafraseando a los semióticos del grupo Mi: “yo puedo ser engañado por un signo icónico pero entonces ya no es para mi signo de un objeto sino ese objeto mismo”. O como apunta Umberto Eco: “el verdadero y completo signo icónico de la reina Isabel sería la propia reina”, salvo porque un signo de ese tipo, según Eco, carece de sentido.
Al autor de estos artículos le interesan precisamente los signos icónicos a punto de culminar el engaño, lo que denomina súper iconos, así como los signos icónicos que hipotéticamente hubieren transgredido dicho límite, lo que denomina ultra signos (abundantemente descritos por la science fiction).
En el ámbito de lo super icónico analiza entre otros signos o conjuntos de signos, su propia imagen en el espejo, un pequeño vídeo familiar, un cadáver en una fotografía, la imagen en circuito cerrado obtenida con un proyector de sólidos, la reencarnación de un amnésico en sí mismo y la actriz Hellen Mirren en el papel de una reina aún viva. Como ultra signos se proponen entre otros signos o conjuntos de signos, los seres humanos privados de aura de Solaris.
En el otro extremo el investigador sitúa lo abstracto ya que si lo característico del iconismo es la presunción de un objeto o referente “parecido” al significante, dicho de otro modo, el reconocimiento del referente en el significante, lo característico de lo abstracto es, entre otras cosas, la inasequibilidad o ausencia de un referente de ese tipo, de un referente icónico. Es desde esta perspectiva que el autor se intenta explicar expresiones de lo abstracto tan diversas como el pez escorpión de Merlet, criatura insólita y expresiva, un objeto cósmico como la nebulosa ojo de gato, un fenómeno ionosférico como la aurora boreal y objetos artísticos como una escultura minimalista de Tony Smith, o fotografías de Adam Fuss o de Roberto Botija, por poner sólo algunos ejemplos.
El último de los objetos de estudio que se propone el investigador es insólito: el universo entero, es decir, todo en su conjunto. Tomado el todo como signo, la pregunta pertinente sería ¿de qué clase de signo estamos hablando? ¿de un icono o de un índice? ¿es el universo una representación o es abstracto?
(Más detalle en el Glosario).
Cadáver fresco.
Cadáver fresco: lo que queda temporalmente en lugar de otra entidad inmensamente valiosa, una persona que estuvo viva y a la que quizá se amó. Un qué ya en descomposición, situado dolorosamente cerca en el tiempo de un quién ya totalmente extinguido, al que recientemente había dado cuerpo, es decir, soporte, es decir, significante.
Insospechada escultura de cuerpo entero, capaz de suscitar el reconocimiento de otro ente, el antiguo titular del cuerpo, diferente ahora de sí, al que, basándose en la semejanza de lo aparente, todavía puede, a ciertos efectos, sustituir. De lo cual resulta que el cadáver es, en términos semióticos, ni más ni menos que una lograda representación. Nuestra fascinación o nuestro horror por el cadáver tiene, por tanto, una adscripción semiótica clara, el iconismo. Es un horror o una fascinación que surgen en todo caso, del hiperrealismo del cadáver tomado como signo icónico.
Género: Fotografía de cadáveres. Subgénero: Memento mori. Recuerdo fotográfico de una persona recién fallecida encargado por su propia familia. El memento mori es característico de los albores de la era fotográfica, dada la lógica carencia en el ajuar familiar de fotografías más gratas y bajo la consideración de que era mejor una fotografía del muerto que ninguna fotografía en absoluto.
El momento permanentemente actualizado por la copia fotográfica es, por tanto, el de esta niña difunta colocada entre sus progenitores (¡hecha colocar de tal guisa por sus propios padres!), el de este súper icono que es el cadáver de una niña en el preciso instante de ser registrado en un icono otro, la fotografía, y ser entregado por este medio a la ilimitada posteridad.
Lo que nos sobrecoge, lo que nuestra sensibilidad ya no admite, es que se haga posar a la niña como viva y, sobre todo, que los vivos, sus más íntimos allegados, se hagan posar a sí mismos como ignorando tal circunstancia. Sorprende, por tanto, la importancia conferida a la fotografía, por encima de cualquier otra consideración o delicadeza personal. Esta cohabitación icónica de vivos y muertos a la que la familia decimonónica se prestaba, al parecer, con cierta naturalidad, urgida por el deseo, un poco infantil, de poseer finalmente la fotografía, hoy nos parece siniestra.
Lo que la fotografía actualiza vívidamente aquí y ahora es, precisamente, la ceremonia de tamaña impostura. Adivinamos entonces el utillaje extrafotográfico del fotógrafo: la percha, probablemente metálica, que había de servir en múltiples ocasiones para mantener los cadáveres en pie (pensada probablemente para muertos más altos, ya que la niña queda de puntillas). Imaginamos también el fatigoso trabajo de componer la pose, cargar y colgar el cuerpo (quizá con ayuda de los propios padres), sujetar la cabeza, componer vestido, peinado y ademán, hacer representar al cadáver, en definitiva, su vida ausente, etc.
André Bazin, el gran teórico del realismo en el arte, intuyó las momias egipcias como una representación del mismo rango epistémico que el cinematógrafo. Pero el cadáver y, por tanto, la momia, proporciona justamente lo que el cinematógrafo no puede rescatar, el soporte original de la persona retratada.
Y en esto no hay ningún signo icónico que se pueda siquiera comparar a un buen cadáver fresco.
Rubén Díaz de Corcuera.
Súper iconos.
Junio 12, 2009 |
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Cadáver fresco.
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